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Anónimo
La mujer Salió de la Costilla del hombre.
No de los pies para ser pisoteada.
No de la cabeza para ser superior.
Sino del lado para ser igual.
Debajo del brazo para ser protegida.
Y al lado del corazón para ser Amada…
La que derrama las estrellas – Nikolai Gunilev
No siempre eres ajena y orgullosa
y no es siempre que no me deseas.
Queda, queda y tierna como en un sueño
sueles venir a veces hacia mí.
Sobre tu frente hay un mechón espeso
que no me atrevo a besar.
Y tus grandes ojos se encienden
con la luz mágica de la luna.
Mi amiga tierna, mi implacable enemiga:
tan bendito es cada paso tuyo,
como si pisaras sobre mi corazón
derramando estrellas y flores.
No sé adónde las cogiste
ni por qué te ves tan clara…
¡Oh, quien gozó de un instante a tu lado
ya no podrá desear nada más en la vida!
¿Deseas qué te amen? – Edgar Allan Poe
¿Deseas que te amen?
Nunca pierdas, entonces,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser,
y aquello que simulas, jamás serás.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el Amor… un sencillo deber.
Salgo solo al camino… – Mijaíl Yuryevich Lermontov
Salgo solo al camino. A través de la niebla
el sendero pedregoso reverbera.
La noche está calma. El desierto escucha a Dios,
y una con otra las estrellas hablan.¡Por los cielos hay solemnidad!
La tierra duerme en una luz azul…
¿Por qué estoy triste, lleno de ansiedad?
¿Es que espero algo o extraño a alguien?
No; nada espero de la vida,
ni las cosas pasadas me dan pena.
¡Sólo quiero quietud y libertad!
¡Sólo quiero olvidarme y dormir!
Quisiera dormir para siempre,
pero no con un sueño de tumba,
sino que durmiendo, respire mi pecho
y rítmico lata adentro el corazón.
Que de noche y de día una voz melodiosa
me cante su amor deleitando mi oído,
y que sobre mí, siempre verde y suntuoso,
murmure meciéndose un roble sombrío.
La despedida – Mijaíl Yuryevich Lermontov
¡Adiós! Nunca más nos encontraremos
ni nos daremos la mano nunca más.
¡Adiós! Tu corazón es libre desde ahora
aunque no volverás a ser feliz jamás.
Sé que palpitará de nuevo
con ímpetu doloroso tu corazón
cuando oigas el nombre de aquel amigo
que ya hace tiempo desapareció.
Hay sonidos que no le dicen nada
a la turba arrogante que los desdeña,
pero a nosotros nos es difícil olvidarlos
porque viven fundidos en el alma nuestra.
Se entierra el pasado como en una tumba
en el fondo de aquellos sonidos sagrados,
y sobre la tierra tan sólo hay dos seres
que comprenden y se estremecen al escucharlos.
Estuvimos juntos sólo por un instante,
pero estuvo contenida la eternidad en él;
consumimos todos nuestros sentidos
y todo lo quemamos en el beso aquél.
¡Adiós! No te aflijas. Sé sensata.
No lamentes la brevedad de nuestro amor.
Hoy parece difícil el separarnos,
pero sería aún más penosa la unión.
De Ungaretti (1888-1970) – La piedad
Soy un hombre herido.
Y yo quisiera irme
y llegar finalmente,
piedad, a donde se escucha
al hombre que está sólo consigo.
No tengo más que soberbia y bondad.
Y me siento exilado en medio de los hombres.
Mas por ellos estoy en pena.
¿No sería digno de volver a mí?
He poblado de nombres el silencio.
¿He hecho pedazos corazón y mente
para caer en servidumbre de palabras?
Reino sobre fantasmas.
Hojas secas,
alma llevada aquí y allá…,
No, odio el viento y su voz
de bestia inmemorable.
Dios, ¿aquéllos que te imploran
no te conocen más que de nombre?
Me has arrojado de la vida:
¿me arrojarás de la muerte?
Quizá el hombre también es indigno de esperanza.
¿Hasta la fuente del remordimiento está seca?
El pecado, qué importa
si ya no conduce a la pureza.
La carne apenas recuerda
que tuvo fuerza una vez.
Loca y gastada está el alma.
Dios mira nuestra debilidad.
Queremos una certeza.
¿Ya ni siquiera te ríes de nosotros?
Compadécenos entonces, crueldad.
No puedo seguir amurallado
en el deseo sin amor .
Muéstranos una huella de justicia.
Tu ley, ¿cuál es?
Fulmina mis pobres emociones,
libérame de la inquietud.
Estoy cansado de gritar sin voz.
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La pietà
Sono un uomo ferito.
E me ne vorrei andare
E finalmente giungere,
Pietà, dove si ascolta
L’uomo che è dolo con sé.
Non ho che superbia e bontà.
E mi sento esiliato in mezzo agli uomini.
Ma per essi sto in pena.
Non sarei degno di tornare in me?
Ho popolato di nomi il silenzio.
Ho fatto a pezzi cuore e mente
Per cadere in servitù di parole?
Regno sopra fantasmi.
O figlie secche,
Anima portata qua e là…
No, odio il vento e la sua voce
Di bestia immemorabile.
Dio, coloro che t’implorano
Non ti conoscono più che di nome?
M’hai discacciato dalla vita.
Mi discaccerai dalla morte?
Forse l’uomo è anche indegno di sperare.
Anche la fonte del rimorso è secca?
Il peccato che importa,
Se alla purezza non conduce più.
La carne si ricorda appena
che una volta fu forte.
E’ folle e usata, l’anima.
Dio, guarda la nostra debolezza.
Vorremmo una certezza.
Di noi nemmeno più ridi?
E compiangici dunque, crudeltà.
Non ne posso più di stare murato
Nel desiderio senza amore.
Una traccia mostraci di giustizia.
La tua legge qual è?
Fulmina le mie povere emozioni,
Liberami dall’inquietudine.
Sono stanco di urlare senza voce.